Un señor por azares del destino,
logró tener mucho dinero, pero su esposa, aunque bellísima,
nunca dejó de ser muy mal educada.
En cierta ocasión los invitan a casa del Embajador de Inglaterra a una cena.
El, muy preocupado por su imagen dice a la esposa:
-Mi cielo, por favor, hoy en la cena, ¡compórtate!,
no vayas a decir groserías ó a decir alguna barbaridad, quiero que seas discreta,
¿me puedes complacer en eso?
-Si ta'bueno, no te voy a hacer quedar mal.
Esa noche la esposa realmente se esmeró y lucia más radiante que nunca.
La cena comienza y justo cuando se sirve la entrada, la mujer comienza a
rascarse timidamente la oreja.
-Mi amor -dice el marido en voz baja- ¡compórtate!
Ella asintiendo con la cabeza, baja su mano y sonrie levemente.
Al servirse al plato fuerte, la mujer nuevamente lleva su dedo meñique a la oreja y
rasca, ahora con más fuerza.
-Mi amor, te pedí discreción, ¡discreción..!
Esta vez un poco irritada, la mujer baja la mano,
cierra por un momento los ojos y aprieta los puños en señal de disgusto.
Ya para terminar, al servirse el café, sin ningún recato,
la mujer se rasca abiertamente la oreja, el señor muy irritado reclama:
-¿Qué no puedes ser discreta?
-¡Que más discreción quieres, si lo que me pica es el culo!!! |